Antes de continuar, con el trabajo que quiero hacer, para dar a conocer la obra espiritual, a través de mis experiencias personales y de las enseñanzas que los propios espíritus nos dan, quiero rendir un homenaje a los espíritus de los hermanos, Amalia Domingo Soler y Allan Kardec, pues gracias a ellos, a sus escritos y enseñanzas he aclarado, pero sobre todo comprendido las dudas que durante mi adolescencia he tenido sobre: ¿que es un espíritu y de que se compone?, ¿que significa la muerte?, ¿porqué estamos aquí?, ¿cual es la verdad?, ¿que significa la reencarnación?, ¿podemos mantener contacto con los espíritus, después que ya no estén entre nosotros? y muchas más preguntas que poco a poco iré explicando, pues mi única intención es dar a conocer la obra espiritual a todos los hermanos que estén interesados en conocerla, sin ninguna ambición de lucro y sólo para ayudar y dar amor espiritual a todo aquel que lo necesite para caminar por esta vida tan llena de materialismo.
"Amalia Domingo Soler, nació en Sevilla en 1835 y murió en Barcelona en 1910, poetisa, escritora y periodista, poseía en alto grado el genio de la síntesis tan contrario al habla ampulosa de muchos otros que fueron sus contemporáneos. Le tocó vivir un momento difícil de la vida española. Con exactitud se la puede situar entre la generación de escritores revolucionarios que se denominaron como ""la generación del noventa y ocho"" pero como tantos otros fue ignorada su presencia por el clericalismo dominante de la época.
Entre sus varias obras, todo lo que la ágil pluma de la autora puede concebir constituye una feliz síntesis en: "Sus más hermosos escritos", "La luz del porvenir", "El espiritismo", "Memorias del Padre Germán", "Te perdono", "Ramos de violetas", "Cuentos espiritas", "Memorias de una mujer", "Hechos que prueban", "La luz del futuro", "La luz que nos guía", "La luz del espíritu", "La luz del porvenir", "La luz del camino", "La luz de la verdad" y algunos más que no están publicados".
"Allan Kardec, nació en Lyon en 1804 y murió en París en 1869, su verdadero nombre fue León Hippolyete Denizart Rivail, en un principio no conocía la obra espiritual, por lo tanto no creía en ella, pero como según sus manifestaciones, estaba destinado a propagar las enseñanzas de los espíritus, sintió una llamada y empezó a conocerla y estudiarla, dedicándose a promover y modificar la obra espiritual tratando de dar al espiritismo el carácter que es su esencia y evitar que fuera objeto de frivolidad y diversión. Principalmente luchó porque el espiritismo fuera considerado como doctrina filosófica y que fuera apreciado por las gentes ilustradas. Entre sus obras, las más principales son: "El evangelio según el espiritismo", "El libro de los espíritus", "El libro de los médiums", "¿Que es el espiritismo?, "Manual práctico de las manifestaciones espiritistas", "El Génesis (Milagros y predicciones según el espiritismo)", "El cielo y el infierno (La Justicia Divina según el espiritismo)", "El sermón de la montaña (según el espiritismo)", "Viaje espiritista en 1862" y "Obras Póstumas"
ACLARACIÓN: Quiero explicar que así como en la Tierra, que es le mundo material, en el transcurso de los años todo va evolucionando, en el mundo espiritual también sucede lo mismo y desde que estos hermanos nos dieron a conocer la obra espiritual ha transcurrido un tiempo en el que los espíritus, para comunicarse, ya no necesitan utilizar algunos medios de antes, ahora lo suelen hacer, entre otras formas, de los médiums parlantes. A medida que vaya dando a conocer esta obra iré dando explicaciones, para que quien esté interesado en ella, pueda comprenderla.
Siguiendo con el homenaje a Allan Kardec y en agradecimiento a las enseñanzas que nos ha transmitido por sus estudios e investigaciones sobre el mundo espiritual transcribo, a continuación del libro: ¿Que es el espiritismo?, su biografía porque considero que es importante conocer de que forma llegó a contactar con el mundo espiritual, teniendo siempre en cuenta que, en la época en que lo hizo, la comunicación con los espíritus se hacía a través de los médiums escribientes o de las mesas giratorias.
A pesar de las dificultades creó, lo que él denominó como: "una ciencia de observación, a la vez que una doctrina filosófica. Como ciencia práctica consiste en las relaciones que puedan establecerse con los espíritus y como doctrina filosófica, comprende todas las consecuencias morales que se desprenden de semejantes relaciones":
"BIOGRAFÍA DE ALLAN KARDEC. Muchas personas que se interesan en el Espiritismo manifiestan, con frecuencia, su pena por no tener más que un conocimiento muy imperfecto de la biografía de Allan Kardec y por ignorar dónde pueden encontrarse noticias acerca del que nos complacemos en llamar Maestro. Permítasenos tratar de responder a un deseo tan legítimo llenando algunas páginas en memoria del amado Maestro, cuyos trabajos son universalmente conocidos y apreciados, pero cuya vida íntima, cuya laboriosa existencia, apenas se sospechan.
Si ha sido fácil a los rebuscadores concienzudos darse cuenta del alto valer y de la amplia trascendencia de la obra de Allan Kardec por la sola lectura atenta de sus obras, bien pocos han podido penetrar en la vida privada del hombre y seguirle paso a paso en el cumplimiento de su tarea tan grande, gloriosa y bien realizada, porque los documentos faltaron hasta hoy. La biografía de Allan Kardec no sólo es poco conocida sino que está por hacer. La envidia y los celos se han apresurado a sembrar sobre ella los errores más patentes junto con las calumnias más groseras y desvergonzadas. Vamos por consiguiente a mostraros, bajo una luz más verdadera, al Gran Iniciador cuyas doctrinas estamos orgullosos de profesar.
Nació en Lyon aquel prudente filósofo, lleno de clarividencia y profundidad, aquel trabajador obstinado cuya labor sacó de quicio al monumento religioso del viejo mundo y echó los nuevos cimientos que deben servir de base a la evolución y a la renovación de nuestra sociedad caduca, empujándola hacia un ideal más sano, más elevado: hacia un progreso intelectual y moral indiscutible. Nació en Lyon el 3 de octubre de 1804, de la vieja familia lionesa nombrada Rivail, aquel que debía más tarde ilustrar el nombre de Allan Kardec y conquistarle tantos derechos a nuestra profunda simpatía y a nuestro reconocimiento filial.
He aquí a propósito de su nacimiento el documento positivo y oficial:
"El 12 vendimiario del año XIII, acto de nacimiento de Denizard-Hipólito-León Rivail, nacido ayer a las 7, hijo de Juan Bautista Antonio Rivail, magistrado y de Juana Duhamel, su esposa, habitantes en Lyon, calle Sala, número 76.
El infante ha sido reconocido varón.
Testigos mayores: Siriaco-Federico Dittmar, director del establecimiento de aguas minerales de la calle Sala y Juan Francisco Targe, vecino de la misma calle, a requerimiento del médico Pedro Radamel, calle de Santo Domingo, número 78.
Hecha lectura, firman los testigos y el alcalde de la división del Mediodía.
El presidente del tribunal, firmado: Mathiou. Por copia conforme: El escribano del tribunal, firmado: Malhuin".
El futuro fundador de Espiritismo recibió en la cuna un nombre respetable y todo un pasado de virtudes, de propiedad y de honradez; buena parte de sus antepasados se habían distinguido en la magistratura por su talento, su saber y su acrisolada integridad; parecía, pues, que el joven Rivail había de desear también para sí los laureles y las glorias de su familia. Y sin embargo, nada más lejos de esto porque, desde su primera juventud, se sintió atraído hacia las ciencias y la filosofía.
Rivail Denizard hizo en Lyon sus primeros estudios y completó en seguida su instrucción escolar en Iverdun (Suiza) junto al célebre pedagogo Pestalozzi, del que fue con el tiempo discípulo eminente y colaborador inteligente y desinteresado. Habíase dado de corazón a la propaganda del sistema famoso, que tan grande influencia ejerció en la reforma de los estudios en Francia y Alemania. Muy a menudo, cuando los gobiernos de diferentes puntos llamaban a Pestalozzi para fundar Institutos parecidos al de Iverdum, confió en Denizard Rivail el cuidado de reemplazarle en la dirección de su escuela; el discípulo hecho maestro juntaba, por otra parte, a los más legítimos derechos, toda la capacidad necesaria para llevar a buen término su empresa. Era bachiller en Letras y Ciencias, doctor en Medicina, habiendo hecho todos los estudios médicos y defendido brillantemente su tesis; era finalmente filólogo distinguido, que conocía a fondo y hablaba correctamente el alemán y el inglés, el italiano y el español; también conocía el holandés y podía expresarse con facilidad en esta lengua.
Denizard Rivail era un buen mozo, de maneras distinguidas, humor jovial, bueno y servicial. Habiendo caído soldado se hizo redimir y a los dos años fue a París para fundar en la calle de Sevres, número 35, un establecimiento parecido al de Iverdun. Para esta empresa se había asociado con uno de sus tíos, hermano de su madre, que era quien le administraba los fondos.
En el mundo de las letras y de la enseñanza que frecuentaba en París, Denizard Rivail encontró a la señorita Amelia Boudet, que era institutriz con diploma de primera clase. Pequeña, pero bien proporcionada, gentil y graciosa, rica por sus padres, de quienes era hija única, inteligente y viva, por la gracia de su sonrisa y el brillo de sus buenas cualidades, supo hacerse notar de M. Rivail, en quien adivinó, bajo la apariencia amable de una alegría franca y comunicativa, al pensador profundo que unía la seria dignidad al más correcto savoirvivre.
El registro civil nos dice que:
"Amelia Gabriela Boudet, hija de Julián Luis Boudet, propietario y antiguo notario y de Julia Luisa Seigneat de Lacombe, nació en Thiais (Seine) el 2 primario año IV (23 noviembre 1795)".
Amelia Boudet tenía, pues, nueve años más que M. Rivail, pero aparentaba diez menos que él, cuando, en 6 febrero 1832 se firmó el contrato de matrimonio de Hipólito-León-Denizard Rivail, director del Instituto técnico de la calle de Sevres (método Pestalozzi), con Amelia Gabriela Boudet, institutriz.
El asociado de M. Rivail tenía la pasión del juego y arruinó a su sobrino perdiendo grandes cantidades en Spa y en Aix-la-Chapelle. M. Rivail pidió la liquidación del Instituto y resultaron 45.000 francos a favor de cada uno. Esta suma fue colocada por M. y Mm. Rivail en casa de uno de sus íntimos amigos, comerciante, quien hizo malos negocios y cuya ruina dejó en la miseria a sus acreedores.
Lejos de descorazonarse por este doble revés, M. y Mm. Rivail se dieron al trabajo valerosamente, él pudo hacerse con las contabilidades de tres casas de comercio y ganar en su cargo de tenedor de libros 7.000 francos por año. Terminada la jornada, aquel trabajador infatigable destinaba sus vigilias a la composición de Gramáticas, Aritméticas y otras obras de pedagogía; traducía obras inglesas y alemanas y preparaba todos los cursos de Levy-Alvaires para muchos niños de ambos sexos del barrio de Saint-Germain. Además, organizó en su casa de la calle de Sevres cursos gratuitos de Química, de Física, de Astronomía y de Anatomía comparada que se veían muy concurridos.
Entre sus numerosas obras conviene citar por orden cronológico: Plan propuesto para la mejora de la instrucción pública en 1828; en 1829, según el método de Pestalozzi, publicó para uso de las madres de familia y de los maestros, su Curso práctico y teórico de Aritmética; en 1831 dio a luz la Gramática francesa clásica; en 1846 el Manual de exámenes para el certificado de capacidad; en 1848 se publicó su Catecismo gramatical de la lengua francesa y finalmente, en 1849 le vemos catedrático en el Liceo Polimático, donde da cursos de Fisiología, de Astronomía, Física y Química.
Habiendo adoptado la Universidad de Francia la mayor parte de esta obras y vendiéndose en grande, M. Rivail pudo constituirse, gracias a ellas y a su terca laboriosidad, una holgada situación. Como puede juzgarse por este brevísimo resumen, nuestro hombre estaba admirablemente preparado para la difícil empresa que debía acometer y hacer triunfar. Su propio nombre era conocido y respetado mucho antes de que inmortalizara el de Allan Kardec.
Prosiguiendo en su carrera pedagógica habría podido vivir feliz, respetado y tranquilo, gracias al éxito brillante que había coronado sus esfuerzos; pero su misión le llevaba al cumplimiento de una tarea más difícil, de una obra más grande y, como tendremos ocasión de hacerlo constar, se mostró siempre a la altura de la misión gloriosa que le estaba reservada. Sus instintos y sus aspiraciones tal vez le habrían empujado al misticismo, pero su educación, su juicio sano y su observación metódica le apartaron a la vez de los arrobamientos poco razonables y de las negaciones poco justificadas.
En 1854, M. Rivail oyó hablar por primera vez de las mesas giratorias a M. Fortier, magnetizador, con quien mantenía relaciones para sus estudios sobre el magnetismo. M. Fortier le dijo un día: "He aquí una cosa extraordinaria; no solamente se la hace hablar: se la interroga y ella contesta. Esto -respondió M. Rivail-, es otra cuestión; yo creeré en ello cuando se me haya probado que una mesa tiene cerebro para pensar, nervios para sentir y que pueda convertirse en sonámbula: hasta entonces, permitidme que no vea en ello más que un cuento de niños".
Tal era en los comienzos el estado de espíritu de M. Rivail. Así le veremos a menudo. No niega nada por prejuicio; pero pide pruebas y quiere ver y observar para creer.
Hasta ahora sólo hemos hablado de M. Rivail, profesor distinguido y autor pedagógico renombrado; pero a partir de esta época de su vida (de 1854 a 1856) un nuevo horizonte se abre a los ojos del pensador profundo y del observador sagaz; entonces el nombre de Rivail vuelve a entrar en la oscuridad para hacer sitio al de Allan Kardec, que la fama ha de llevar a todos los rincones del orbe y que venerarán los buenos corazones.
Ved a continuación cómo el propio Allan Kardec nos cuenta sus vacilaciones y sus luchas, a la vez que su primera iniciación:
"Hallábame, pues, enfrente de un hecho inexplicado en apariencia, contrario a las leyes de la Naturaleza y al que mi razón se oponía. Todavía no había visto ni observado nada; los experimentos, hechos en presencia de personas honorables y dignas de fe, me confirmaban en la posibilidad del efecto puramente material, pero la idea de una mesa parlante no entraba todavía en mi cerebro.
"Al año siguiente, comenzaba el 1855, me encontré con Carlotti, un amigo de muchos años que durante más de una hora me estuvo hablando de estos fenómenos, con el entusiasmo que despertaban en él todas las ideas nuevas. Carlotti era corso, de una naturaleza ardiente y enérgica; yo siempre había estimado en él las cualidades que distinguen a las grandes almas, pero su exaltación me obligaba a ponerme en guardia. El fue el primero que me habló de la intervención de los espíritus y me contó las estupendas cosas que, lejos de convencerme, hizo crecer mis dudas. Vos seréis un día de los nuestros, me dijo. No digo que no, le respondí; más tarde lo veremos.
"Pasado algún tiempo, ya en mayo de 1855, me hallaba yo en casa de la sonámbula Mme. Roger con M. Fortier su magnetizador; allí encontré a M. Pâtier y a Mme. Plainemaison, que me hablaron de estos fenómenos en el mismo sentido que M. Carlotti, pero en muy distinto tono, M. Pâtier era un funcionario público, ya de cierta edad, hombre muy instruido, de un carácter grave, frío y calmoso; su hablar reposado, exento de todo entusiasmo, me causó una vivísima impresión, y cuando me invitó a asistir a los experimentos que tenían lugar en casa de Mme. Plainemaison acepté sin vacilar. Nos citamos para el martes...(esta fecha quedó en blanco en el manuscrito de Allan Kardec) de mayo, a las ocho de la tarde.
"Allí fui testigo por la primera vez del fenómeno de las mesas giratorias, ambulatorias y corredoras, todo en condiciones tales que no dejaban lugar a dudas.
"Vi también allí algunos ensayos de escritura medianímica sobre una pizarra con ayuda de una cesta. Mis ideas estaban muy lejos de la convicción; pero allí había un hecho que forzosamente debía responder a una causa. Bajo aquellas futilidades aparentes y bajo la especie de juego en que eran convertidos aquellos fenómenos, pude entrever algo muy serio y cómo la revelación de una nueva ley que me prometí estudiar profundamente.
"Bien pronto se me ofreció ocasión de hacer observaciones mucho más atentas. En una de la veladas de Mme. Plainemaison, hice conocimiento con la familia Baudin que vivía entonces en la calle Rochechouart, M. Baudin me invitó a una de las sesiones semanales que tenían lugar en su casa y de las que fui desde entonces concurrente asiduo.
"Y allí fue donde hice yo mis primeros estudios serios sobre Espiritismo, todavía más por observación propia que por revelación. Apliqué a esta nueva ciencia, como era mi costumbre, el método de experimentación; jamás senté teoría preconcebida; observé atentamente; comparé y deduje consecuencias; de los efectos procuré remontarme a las causas por la deducción, encadenamiento lógico de los hechos y no admití como viable una explicación hasta que me resolvía todas las dificultades de la cuestión propuesta. Así había procedido en mis trabajos anteriores desde la edad de 15 ó 16 años. Desde el primer momento me di cuenta de la gravedad de la exploración que iba a emprender; entreví en aquellos fenómenos la clave del problema tan oscuro y controvertido sobre el pasado y el porvenir de la Humanidad, la solución de lo que había buscado toda mi vida; en una palabra, comprendí que se trataba de una revolución en las ideas y en las creencias; me era preciso proceder con circunspección y no a la ligera; ser positivista y no idealista para no dejarme llevar de mis propias ilusiones.
"Uno de los primeros resultados de mi observación fue que, siendo los Espíritus no otra cosa que las almas de los hombres, no tenían la soberana perfección ni la soberana ciencia; que su saber estaba limitado por sus grados de progreso y que su opinión no tenía más valor que el de una opinión personal. Esta verdad, reconocida desde el principio, me libró del grave peligro de creer en su infalibilidad y me impidió formular teorías prematuras sobre la única base de lo que dijeran uno o varios de ellos.
"El solo hecho de la comunicación con los Espíritus fueren quienes fueren, probaba la existencia de un mundo invisible ambiente; era ya un punto capital; un campo inmenso abierto a nuestras exploraciones, la clave de una multitud de problemas inexplicados; el segundo punto, no menos importante, era llegar a conocer el estado de ese mundo, sus costumbres si nos es permitido hablar así. En seguida me di cuenta de que cada Espíritu, en razón de su posición personal y de sus conocimientos, me revelaba una fase de su mundo, como acontece cuando interrogamos a los habitantes de todas clases y condiciones para conocer el estado de un país, acerca del cual ninguno, individualmente, puede darnos una impresión completa; al observador corresponde formular el conjunto, a base de los documentos recogidos en todas partes y relacionados, coordinados, justipreciados los unos por los otros. Mi actividad con los Espíritus fue, pues, igual a la que habría adoptado con los hombres; ellos fueron para mí, desde el más pequeño al más grande, documentos de estudio y no reveladores predestinados".