Nací en el año de gracia de 1815, mis padres me educaron conforme a sus medios económicos pero yo vine destinado a este mundo para ser mi nombre pasado a la posteridad.
En mi infancia padecí mucho y cuando llegué a la pubertad tuve que enfrentarme a la vida, ya que mis padres habían dejado la existencia y yo tuve que hacer frente a tres hermanos más y yo.
Me puse a trabajar en la tierra pero en mis ratos libres iba a la escuela y el profesor me daba clase, así fue como descubrí mi afición a la lectura y escritura, pues mi profesor al notar la capacidad que tenía para aprender dijo que él se encargaría de enseñarme gratis todo lo que él sabía.
Seguí en mis clases nocturnas y llegó el día en que el profesor me dijo que ya podía valerme por mí mismo pues era tanto lo que sabía que él no estaba capacitado para enseñarme más.
Me marché a la ciudad con mis hermanos y allí entré a trabajar en una librería, estaba al cuidado de los libros y entonces empecé a leer, escritores famosos, tal fue la afición que despertó en mí dicha lectura que pedí a la dirección me dejaran llevarme libros a mi casa y por las noches me las pasaba leyendo.
Entonces sentí unas ganas tremendas de escribir un libro y que mi nombre se hiciera famoso como los escritores que yo había leído, pero no sabía como empezar y un día que me encontraba en el trabajo me vino a la idea un tema que me fascinaba, la espiritualidad.
Escribí docenas de libros pero nadie me los quería publicar, hasta que dí con un editor que creía mucho en la obra espiritual y él se comprometió a editarme todos los libros que yo escribiera sobre el tema, con la condición de que todos, exclusivamente, tenían que pasar por su mano, nos pusimos de acuerdo y empecé a escribir, a medida que lo iba haciendo encontraba que mi espíritu se engrandecía cada vez más y que iba comprendiendo cosas que hasta la fecha no entendía, mi primer libro fue titulado La Espiritualidad y tuvo un éxito grandioso, se vendieron mil ejemplares, en aquella época eso era un récord, para la época esta quizá sea una miseria, pero como ya digo, entonces yo empezaba a ser famoso. Después de este libro escribí muchísimos más, entonces se despertó en mí el deseo de escribir poesía y comencé a ello, las primeras que hice no tuvieron mucho éxito, ya que la gente no comprendía su significado, pero a medida que fueron acostumbrándose a su lectura fueron entendiendo lo que yo quería decir al escribirlas, hablaba del amor, de la vida y la muerte, de la belleza y la fealdad, del bien y del mal y creo que en todas mis poesías dejaba algo de mi ser.
Cuando cumplí los veinte años ya me consideraba un escritor famoso, pues eran innumerables las personas que me consultaban sobre diversos temas, en todos los salones de la nobleza se me consideraba el hombre del día y las mujeres se disputaban mi compañía.
Un día me encontraba en una reunión cuando de repente la vi entrar, su mirada se clavó en la mía y al momento me descubrió que tenía una pena muy honda que yo supe captar en cuanto la vi, pregunté a las personas que estaban reunidas si sabían decirme quien era aquella muchacha de mirada triste, me dijeron que no la conocían que era extranjera y acababa de llegar, que se la conocía por el nombre de Marquesa del Alto Monte y que era viuda desde hacía un año. No podía sustraer mi mirada de la de ella y por fin me acerqué a saludarla.
-Mi querida marquesa-, le dije, -perdonad que me acerque a vos, sin haber sido presentado, pero me ha parecido comprender que cuando me mirabais, tenías necesidad de mi-.
-Efectivamente-, me contestó, -vos sois el gran poeta y tengo necesidad de confesarme a vos, ya que he oído la fama que tenéis para comprender a vuestros semejantes y darles un consuelo-.
-Me encuentro en una situación apuradísima, ya que he quedado viuda y como soy extranjera no conozco, en este país, a casi nadie y necesito consejo de alguien como vos para saber a que atenerme-.
Convinimos en vernos al día siguiente, en su casa y cuando ella se marchó del salón donde la había visto, por primera vez, dejó dentro de mí una sensación de bienestar y dulzura.
Al día siguiente fui a verla y me hizo pasar a un saloncito contiguo a sus habitaciones, entonces me dijo.
-Poeta, permitirme que os llame como a tal pues conozco vuestra merecida fama y no encuentro palabra más bella para llamaros. Necesito que me aconsejeis que me conviene más, a vuestro juicio, vender todas las tierras y bienes que mi esposo me ha legado y marchar al extranjero con los míos o continuar aquí, haciéndome cargo de todo-.
Yo le dije -que eso era un asunto muy delicado, que yo no me encontraba capacitado para poder aconsejarla de la mejor manera, que era preferible que consultara con un abogado-, entonces me contestó -que así lo haría-, pero que puesto nuestra nueva amistad le era muy agradable, podía seguir visitándola, tantas veces mi trabajo me lo permitiera.
Accedí a ello y en poco tiempo surgió, entre los dos, lo inevitable, el amor, nos amamos de la manera más sublime y maravillosa que dos mortales pueden llegar a amarse, sentíamos los dos y pensábamos de la misma manera y como teníamos los mismos gustos, ella me ayudaba en todos mis trabajos y me pasaba a limpio todos mis manuscritos y poesías.
Así transcurrieron varios años, hasta que Dios quiso que por fin quedara mi felicidad truncada, ya que ella contrajo una enfermedad incurable y en aquella época no fue posible salvarla.
Antes de morir me dijo: -No te preocupes, amor, pues al lugar que voy me han deparado un sitio para que pueda ayudarte, como lo estoy haciendo ahora, mejor diría yo, pues te hiré inspirado cosas tan maravillosas que el mundo entero se postrará ante tus escritos-. A los pocos minutos expiraba.
Quedé en la más completa soledad, gracias a que yo tenía una fe ciega en la espiritualidad y sabía que cuando Dios lo había dispuesto así es porque era mejor para los dos.
A los pocos días vino a verme un amigo y me dijo -que debía salir y no encerrarme ya que lo que iba a conseguir era caer enfermo-. Yo le contesté -que cuando lo creyera conveniente ya saldría, que de momento no me era posible, pues era tanto lo que debía hacer y escribir que todas las horas me parecían cortas-, lo que realmente ocurría era que me habían anunciado que mis días serían cortos y debía aprovecharlos, al máximo, ya que era mucho lo que quedaba, todavía, por hacer y mis escritos debían pasar a la posteridad.
Comencé a escribir con un aínco incomparable, escribí infinidad de versos, comunicaciones, mensajes, memorias y avisos, todos ellos para infinidad de personas, algunos de ellos para mí, los cuales en la mayor parte me los inspiraba mi amada, hice por mis semejantes todo lo que pude y Dios me permitió y cuando hubo acabado mi labor, oí una voz que me dijo: -Hermano ya es hora de que te presentes ante el Salvador, pues aquí en el espacio todavía tienes una labor más sublime que la que has llevado en la tierra, tienes que conducir un rebaño de almas que necesitan de ti y de tu palabra-. Al pronto vi un resplandor cegador y en medio de él a mi amada que me tendía sus manos.
-Ven, Gustavo-, me dijo, -pues ha llegado nuestra hora-, me dejé llevar y aquí me encuentro, en un jardín de belleza incomparable donde solamente impera la bondad y el bien.
Y esto es todo, mis memorias han sido escritas por varias personas, pero ninguna es tan cierta y verdadera como ésta que yo mismo he inspirado a esta hermana. Es verdad que ha transcurrido mucho tiempo desde que dejé la existencia, pero hasta el momento no había encontrado a nadie capaz de escribir lo que yo inspirara con esa limpieza de espíritu como lo tiene esta hermana, por eso y con el permiso de Dios lo he hecho con ella y le doy mis mas sinceras gracias, por este pequeño trabajo.
-Hermana comunicaciones mías tendrás muchas, gracias y que Dios de lo pague.
ACLARACIÓN: Estas memorias me fueron inspiradas en diferentes momentos, no me consta cuando las empecé, pero sí, cuando las finalicé, Octubre de 1970 y el nombre del poeta Gustavo Adolfo Becquer
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